Columna de opinión
El teatro musical ha sido siempre un modo de entretenimiento y una forma de crear, en escena, arte, unión tanto la interpretación como el baile, el canto y la emoción. Emociona, “cala” y hace reflexionar situaciones reales de la vida cotidiana, reales de forma excepcional, irreales con magia y ficción, e incluso historias de personas que son reales pero que no sabíamos.
Ver teatro musical puede ser una moda para algunos, pero para el real amante del arte, es la forma de unir una concentración de sentimientos en forma audiovisual. El teatro musical no es solo un arte y emoción, sino un trabajo enmendado, una producción esmerada y un equipo unido en forma de música.
La interpretación la vemos en cine y cine, en el teatro musical vemos una interpretación sin cortes, prolongada en el tiempo, avances con decisión del propio actor o actriz de improvisar por algún imprevisto, vemos una interpretación en directo. Lo que no vemos son mentes que conjuntan muchos ámbitos al mismo tiempo. Un mérito que algunos ridiculizan.
Una vez me dijeron: “A mi no me gustan los musicales, no entiendo que cada vez que pase algo se pongan a cantar”, a lo que yo siempre respondo “los gustos son miles y diferentes, pero no intentes entender, intenta disfrutar y sentir”, en es momento, aquella personas no entendió la referencia, y tampoco entendió porque mi género favorito de pelicula sy teatro era el musical cuando para él “no era real”, pero después de ir a ver Billy Elliot, y salir emocionado, entendió, que no es solo pensar el porqué, sino reflexionar en lo que quieren contar.
Un teatro musical puede combinar diversión, con pasión, emoción y tristeza, como por ejemplo “Mamma Mia”. Puede combinar frustración, emoción y diversión como “Billy Elliot”. Redención, música y esperanza como “Los Chicos del Coro”. Amor, sueños y superación como “Hoy no me puedo levantar”. Rebeldía, música y libertad con “We Will Rock You” o fe, identidad, música con “La llamada”.
A día de hoy, aun no he visto un musical que sienta que estoy viendo repetido, esa sensación de parecido, de inspiración o de similitud del género, en cambio con el teatro estándar, alguna vez he sentido esa cierta similitud en contenido narración. Las diferentes voces y coreografías hacen resaltar el marco de diferencia entre una obra u otra, e incluso entre una sesión u otra, hasta el propio cambio de actriz actor protagonista hace sentir diferente el acto.
En definitiva, el teatro musical no es solo una forma de entretenimiento, sino una experiencia completa que combina arte, esfuerzo y emoción en estado puro. Cada obra es el resultado de meses, incluso años, de trabajo en equipo donde nada se deja al azar: desde la música hasta la iluminación, desde la coreografía hasta la interpretación. Todo está pensado para provocar algo en el espectador, aunque ese “algo” sea distinto en cada persona.
Quizás esa sea la verdadera magia del género: su capacidad de conectar con públicos muy diferentes a través de una misma historia. No importa la edad, el idioma o incluso los gustos previos, porque siempre hay algún momento, alguna canción o alguna escena que logra tocarte de forma personal. Es un arte vivo, que cambia cada noche, que respira con los actores y con el público.
Además, el teatro musical nos recuerda algo importante en una época donde todo parece rápido y digital: la importancia de lo humano, de lo real, de lo que ocurre frente a tus ojos sin filtros ni repeticiones. Cada función es única e irrepetible, y eso le da un valor que ningún otro formato puede igualar.
Por eso, más que entenderlo racionalmente, el teatro musical se siente. Y cuando se siente, ya no importa si antes “te gustaba o no”, porque de alguna forma ya te ha cambiado un poco.
